Pablo Salazar: Apasionado y exigente formador de talentos
Cuando pensamos en Pablo Salazar, a muchos se nos viene a la mente su imagen acompañada de una guitarra y entonando alguna canción. Su gran trayectoria como músico, así como la férrea disciplina que transmite, lo convierten en digno director de la Rondalla del Desierto de la Universidad de Sonora.
A la fecha se siente satisfecho con el trabajo realizado al frente de esta agrupación, la cual, a sus quince años, tiene el reconocimiento del público y grandes logros en concursos nacionales.
Para el director, la rondalla es como un hijo, que ha visto crecer y desarrollarse en todos los aspectos.
“Me gusta mucho trabajar con muchachos, ver la capacidad interpretativa que pueden alcanzar a través del esfuerzo y de la disciplina, poder desarrollarles la capacidad técnica tanto en el instrumento como en lo vocal. Más allá de premios, el reto es hacer que trabajen en equipo y alcancen una capacidad interpretativa de buen nivel”, indicó.
Ser el líder de estos jóvenes es mucha responsabilidad —admitió— porque nunca se debe olvidar que es un grupo representativo de una institución de educación superior, y todos debemos cuidar las formas, tener un buen comportamiento tanto fuera como dentro de la Universidad.
A Pablo se le observa como una persona apasionada en su trabajo, pero a la vez exigente.
Detesta la impuntualidad. Dijo que aprendió en la ciudad de México que unos minutos podían ser la diferencia ante tanta y tan buena competencia en su área de trabajo.
La base de la Rondalla del Desierto —comentó— son doce integrantes, y actualmente hay seis personas de nuevo ingreso. Ensayan tres veces a la semana un promedio de cuatro horas, y el número de presentaciones en las que participan varía: el recuento de septiembre a noviembre del presente año es de 23, tanto a nivel local como fuera de la ciudad.
Los muchachos pertenecen a la rondalla un determinado tiempo, aproximadamente cuatro o cinco años, en el que evolucionan y dan paso a nuevos integrantes. Y aunque hay excepciones, trata de que estos ciclos se abran y se cierren puntualmente.
Su labor en la máxima casa de estudios no se centra sólo en dirigir la Rondalla del Desierto, también apoya a la Dirección de Vinculación y Difusión con trabajo de logística en eventos culturales y académicos, producción de spots, con música para obras de teatro y para acompañar los fuegos artificiales la noche de la serenata.
Todo un valor
José Pablo Salazar Carrillo vio la luz por vez primera el 5 de abril de 1969. Es hijo primogénito de Catalina Carrillo Márquez y José Ángel Salazar Tenorio; su familia la completan cuatro hermanos, todos varones.
Nacido en la comarca lagunera, específicamente en la ciudad de Torreón, Coahuila, tuvo una infancia tranquila. A solicitud de su madre tomó clases de solfeo a los ocho años, y más adelante, ya en su adolescencia, se acercó nuevamente a la música con más ahínco y pasión, pero sobre todo, por voluntad propia.
“Al retomar la música, a los 12 o 13 años, con lo que sabía de solfeo me hice autodidacta en el contrabajo, y ya después tomé clases de guitarra formales”.
Al alcanzar la mayoría de edad partió a la ciudad de México en busca de oportunidades: su preparación musical se amplió al estudiar armonía de contrapunto. En la escuela G. Martell aprendió, además, informática musical, producción midi y programación en estudio.
Fue finalista en 1990 del concurso Valores Juveniles Bacardí, y eso le dio derecho a una beca en el Centro de Educación Artística de Televisa.
“A raíz de eso empiezo a relacionarme con gente del medio y comienzan a darme trabajo. Tuve la oportunidad de acompañar en centros nocturnos, giras y programas de televisión a Guadalupe Pineda, Chamín Correa, Marco Antonio Muñiz, Carlos Cuevas, Arturo y Gualberto Castro”, comentó Salazar Carrillo.
De todos ellos tomó algo de experiencia, pero aprendió mucho de la forma de trabajar del señor Chamín Correa, a quien considera un hombre muy disciplinado. Del gusto de escucharlo y retroalimentarse de él mencionó al señor Arturo Castro.
“A mí me gusta mucho el trabajo vocal, me nutre mucho escuchar a los grandes grupos que ha habido como Vocal Sampling, Vocal People, los Jackson Five en sus tiempos, entre otros; aparte de que mi mamá nos ponía mucha música de trío y de grupos vocales cuando estábamos niños”, recordó.
Y fue precisamente Correa el primer artista en darle la oportunidad de tocar con él; así contó el acercamiento que tuvo con el afamado guitarrista:
“Formamos un trío dos jóvenes que son hermanos y yo, teníamos entre 17 y 20 años; con el primer sueldo que ganamos por trabajar en un hotel nos fuimos a la zona rosa a ver el show del señor Chamín Correa. Al pasar él tocando por las mesas, le hice el comentario que éramos un trío y nos dijo que nos iba a invitar a tocar: obviamente que no le creímos, pero después de más de una hora de su espectáculo, cumplió su promesa”.
Esa noche Pablo y sus compañeros Jesús y Pedro Castañeda, el Trío Casanova, tuvieron la oportunidad de tocar y compartir el escenario con el propio Chamín; además, entre el público asistente esa noche estaban Guadalupe Pineda y las integrantes del grupo Pandora.
“De ahí surge una amistad con él y nos empieza a pasar trabajos que él no tomaba, algunas giras que hicimos fue por recomendación suya. Algo que me marcó y en aquel momento no lo dimensioné, es que en algún momento nos dijo que éramos el mejor trío vocal que había escuchado en su vida, no sé si sea cierto o no, pero dicho por él, me da mucho orgullo”.
Continúa dejando huella
En 1991 se casó por primera vez y poco después se vino a vivir a Hermosillo, lugar de origen de su primera esposa, donde se le abrieron las puertas de la Universidad de Sonora, y comenzó su primer grupo representativo en la alma máter, la Rondalla del Desierto, que debuta el 14 de febrero de 1994.
Dos años después de esto, Pablo Salazar decide regresar al Distrito Federal y realizar algunos proyectos personales, continuar su preparación y ampliar su experiencia en la música.
“Regresé a México a trabajar con Miguel Luna, compositor y productor, estuve con él, otros grupos y solistas; también sentía que había algunas cosas que me faltaba aprender y tenía ese pendiente. Me sirvió retroalimentarme de Miguel como compositor, de Fato y otras personas”, platicó Pablo Salazar.
Tras esto, trabajó en una universidad de su natal Coahuila, pero las cosas se dieron para que regresara a la Ciudad del Sol y continuara la labor que dejó de lado un tiempo: volvió a finales de 1999.
A su retorno formó también otro grupo en la Universidad: El Ensamble Músico Vocal, cuarteto de estudiantes dirigidos por él.
“Nos fue muy bien con ese grupo: prácticamente tocamos en todas las universidades del Norte de la República, hicimos también varias presentaciones en Arizona, y nos fuimos 20 días a Europa a presentarnos con la Asociación de Estudiantes Latinoamericanos en la Universidad de Salamanca, y nos armaron una serie de presentaciones en Salamanca, Madrid, Burdeos y París”, contó.
El concepto de este grupo varonil —agregó— era vocal, soportado con instrumentación en computadora, tocaba música mexicana de todos los géneros, pero con arreglos distintos. Luego, Pablo Salazar formó un ensamble femenil con las mismas características.
De 1999 en adelante estuvo con estos dos grupos, por alrededor de seis o siete años, y hubo un tiempo en que también conformó un cuarteto romántico. Todo esto, a la par de dirigir la Rondalla del Desierto.
Aun los virtuosos deben seguir practicando
Es orgulloso padre de dos hijos, un joven de 18 años de nombre Pablo Alejandro, quien actualmente estudia dos carreras en el Distrito Federal: Mecatrónica y Derecho Internacional.
Contrajo segundas nupcias con Gisel Sotelo Cano, con ella procreó a Paulo Ángel, un pequeño de siete años, quien heredó de su padre el gusto por el canto, y ya busca un acercamiento con la música.
Todos los días practica con la guitarra y vocaliza, y en sus cuatro décadas de vida dijo sentirse muy afortunado por la bendición de hacer lo que le gusta y que le paguen por ello.
Tiene el reto personal de aprender a tocar mejor el piano, porque admitió que su mano izquierda es un poco torpe en este instrumento, y dijo orgulloso que su hijo mayor sí tiene talento para hacerlo.
Mencionó que en el terreno musical le gusta hacer de todo: tocar, cantar, producir, componer, hacer arreglos vocales e instrumentales y las cuestiones técnicas de audio.
Para Pablo Salazar vivir de la música es difícil, por eso a los interesados en ella les recomendó que tengan mucha perseverancia.
“Hay que trabajar mucho, buscar lo que uno quiere y tratar de ser feliz con lo que uno hace. La música puede dar y quitar muchas cosas, por eso hay que enfocarse.
“El talento hay que desarrollarlo, yo he visto muchos músicos maravillosos que trabajan todos los días, aunque tienen la capacidad y el virtuosismo aún así siguen practicando y haciéndolo todos los días, pues no por ser muy bueno hay que sentirse bueno”.
Sabiamente dijo que quizás lo que muchas personas consigan dentro de la música no es lo que soñaron en un principio, como tener reconocimiento, vender millones de discos o presentaciones masivas, a ellos les dijo: “Hay otras formas de trascender sin llegar a esos niveles de parafernalia, masivos”.
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